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El water que explotó y otros accidentes grotescos.
Un hombre casado, de unos cincuenta años, tenía prohibido el tabaco porque había padecido un amago de infarto de miocardio. Sin embargo, no podía prescindir de algunos cigarrillos al día y se encerraba en el cuarto de baño de su casa para poder fumar tranquilamente sin ser recriminado por su mujer.
Entre las obsesiones de la mujer estaba la limpieza del hogar. Por ello se preocupaba en demasía por los gérmenes, y la cocina y los cuartos de baño eran el centro de su preocupación sanitaria e higiénica. Por ello, de vez en cuando, empleaba en la limpieza exhaustiva que practicaba un producto químico abrasivo. Solía rociar bien el retrete con ese producto, que debía de ser una espantosa mezcla de alcohol de quemar y amoníaco. En fin, lo que de ningún modo podría imaginarse esa virtuosa mujer de su casa es que el marido iría a sentarse en el trono pocos minutos después para enfrascarse en la lectura del periódico deportivo y en el placer solitario de su furtivo cigarrillo. Y aunque se lo hubiera imaginado tampoco hubiera servido de nada porque es muy dudoso que hubiera podido prever las consecuencias.
Las consecuencias fueron bastante inmediatas, lo que tarda uno en fumarse a placer un pitillo bien aprovechado, menos de diez minutos. Los gritos terroríficos de un hombre se escucharon por todo el bloque de viviendas nada más tirar el infortunado marido la colilla por el retrete, como acostumbraba. Una llamarada se encargó de lamerle bien los genitales y alrededores. La mujer acudió rauda pero poco podía hacer ni entender. El marido se retorcía con una toalla mojada envolviéndole las partes bajas. Ella no comprendía. Él no acertaba a explicarse, el infierno bramó desde la grieta de un retrete superlimpio.
Una mujer vierte un detergente explosivo en la taza del water. Su marido, mientras está orinando, arroja en el interior la colilla de un pitillo. Se produce una tremenda explosión. Su esposa llega corriendo y lo encuentra dentro de la bañera, cubierto de sangre. “¡Dios mío!” Exclama. “¿Dónde está tu oreja?” “¡Qué se vaya al cuerno mi oreja! Búscame el brazo derecho. En él está mi pene”.
El animal invasor.
Un matrimonio pasaba un fin de semana de camping con sus dos hijos. Una noche, la madre salió de la tienda de campaña y se metió entre los árboles para hacer sus necesidades. En esos momentos la mujer tenía el período, y un lagarto, atraído por el olor de la sangre, se introdujo en el cuerpo de ella mientras estaba en cuclillas, con lo que murió desangrada a los pocos minutos. Su hijo pequeño la encontró a la mañana siguiente.
EL VIOLADOR CASTRADO.
Una joven médica fue asaltada una noche en que regresaba a casa por dos desconocidos con la intención de violarla. Ella no perdió la serenidad y les propuso ir a su casa para hacer las cosas bien y con más tranquilidad y así pasar juntos un buen rato. Allí, les invitó a una copa, en la que puso un fuerte somnífero. Mientras estaban dormidos, la joven médica los operó y les cortó el pene de raíz, para abandonarlos después en mitad de la calle.
Secuestradas en el probador.
Una chica iba con su novio y decidió pararse en la calle Pelayo de Barcelona a comprarse unos sostenes. El novio le dijo que la esperaba en la calle, porque no estaba bien visto que un hombre entrara en un negocio de estas características. El pobre chico esperó y la chica no salía. Finalmente entró y no estaba. Al parecer, la secuestraron en el probador a través de un dispositivo que hacía girar el espejo y se la llevaron para trata de blancas. No se la vio más.
En una tienda de ropa situada justo enfrente de El Corte Inglés de la calle Pintor Sorolla, de Valencia, dos chicas se metieron en el probador. Su madre, alarmada por la tardanza, entró a buscarlas y no las vio. Los responsables del establecimiento dijeron no saber nada. Pero la madre insistió y presentó una denuncia en la policía, que tropezó con ellas en un cuarto oscuro donde estaban maniatadas. Querían llevarlas a otro país.
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